Es otra gran tarde en el dojo. Mientras los alumnos calientan, camino por ahí y converso con los padres para ver cómo les va a sus hijos en casa y en la escuela. Pregunto a todos, incluso a aquellos cuyos hijos siempre van muy bien. Por lo general es solo un pulgar arriba y sigo adelante.
Así pasa con Sophia, una destacada cinturón azul que lleva más de tres años entrenando aquí. Con apenas once años, es el tipo de niña con la que sueña todo padre e instructor: disciplinada, siempre concentrada en lo que hace, servicial y respetuosa.
Pero ese día, mientras conversaba con su mamá en la sala de espera, algo no me cuadró. Le pregunté: "¿Cómo está Sophia estos días?". En lugar del entusiasta gesto de siempre y de las historias llenas de orgullo, recibí un titubeante "bien…". Eso me detuvo en seco, no era lo que esperaba, así que le pregunté si podíamos conversar después de la clase. La mamá asintió y me dijo: "¡Sí, gracias!".
La clase transcurrió sin problemas y Sophia trabajó duro como siempre: segura, enfocada y precisa. Nada indicaba que algo anduviera mal. Después de la clase, ella y su mamá vinieron a mi oficina para conversar un momento.
Resultó que mi corazonada era cierta. Últimamente, Sophia había estado juntándose con un nuevo grupo de chicos en la escuela. No eran chicos "malos", para nada, simplemente estaban creciendo en ambientes diferentes, con hábitos que no coincidían con los valores que Sophia había ido construyendo.
Quizás era dejar de hacer las tareas por estar mirando el celular o la tableta, o contestarles a los maestros de una manera que en el momento parecía genial. Fuera lo que fuera, esas actitudes se le estaban empezando a pegar. Su mamá notaba los pequeños cambios: un poco más de malcriadez en casa, menos ganas de hacer los quehaceres, incluso la manera en que a veces respondía. "Es como si estuviera agarrando estos hábitos sin darse cuenta", dijo su mamá, bajando la mirada con desilusión.
Me volví hacia Sophia y le compartí un principio con el que he vivido y que enseño a menudo: "Nos convertimos en el promedio de las cinco personas con quienes más tiempo pasamos". No se trata de juzgar a los demás, cada uno tiene su propio camino, sino de ver cómo nuestras amistades nos moldean. Júntese con amigos que todo lo dejan para después y se quejan, y de pronto usted también es así. Rodéese de personas positivas y decididas, y empezará a hacer cosas que nunca creyó posibles.
No significa abandonar a los amigos o a la familia, sino elegir con quién pasa la mayor parte del tiempo. Escoja personas que lo inspiren a dar lo mejor de sí, personas con metas parecidas. El dojo es un gran lugar para empezar: nadie es perfecto, pero la mayoría de nosotros aquí estamos tratando de mejorar y convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.
Pero esto no es solo para los niños. Como adultos, nuestras "cinco personas" pueden ser colegas, vecinos, familiares o incluso grupos en línea. Influyen en nuestros hábitos, nuestra mentalidad y nuestro camino. En un mundo lleno de distracciones, elegir sabiamente puede convertir los tropiezos en escalones hacia un futuro más brillante.
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Sensei Willy Strohmeier fundó Colorado Karate Club en 2005 y desde entonces enseña karate Shotokan tradicional a niños y adultos en Brighton y Westminster, Colorado. Escribe una columna mensual para The Brighton Buzz.
