
“¡Ya me puse furioso!” era mi grito de guerra, así lo bautizaron mis hermanos, justo antes de que yo desatara mi furia contra ellos. Sí, yo era un niño enojado. Uno de mis primeros recuerdos de primer grado es estar revolcándome en el cascajo del patio del colegio, dándome de puñetes y luchando con un chico del que no recuerdo nada más que era mayor que yo y que había hecho algo que me enojó lo suficiente como para merecer mi ira.
“Merecer” mi ira era algo muy fácil en esa época. En primer grado mi apodo era “Fosforito”; así me llamaban mi familia y mis compañeros de colegio por mi temperamento explosivo. Supongo que simplemente tenía la mecha corta, o quizás era que, siendo el menor de tres hermanos, siempre estaba tratando de imponerme ante ellos, y por lo general me tocaba la peor parte.
Recuerdo a mis padres yendo a recogerme a la dirección, y que a mí el incidente no me importaba mucho, porque era algo normal y casi esperado de mí. Da miedo pensar en qué me habría convertido si hubiera seguido creciendo, sin freno, como una persona tan enojona y de mecha tan corta.
Por esa época, mis padres nos inscribieron a mis hermanos y a mí en Karate, lo cual, en teoría, suena a una idea pésima. Es decir, ¿por qué enseñarle a pelear mejor a un niño enojado? ¿Verdad? Falso. La experiencia me enseñó, y lo he visto también en otros, que si se enseña correctamente, ocurre todo lo contrario.
Verá, algo cambió dentro de mí. El entrenamiento, la estructura, la disciplina, las expectativas más altas, o la combinación de todo eso, tuvo un efecto transformador. Tanto así que, para segundo grado, el apodo del que alguna vez estuve tan orgulloso había caído en desuso y estaba prácticamente olvidado, salvo como una anécdota familiar.
Entonces, ¿estoy diciendo que de repente pasé de ser un niño enojado a ser un caballero apacible? De ninguna manera. No puedo decir que mi instinto natural de molestarme desapareció de inmediato (eso tomó años); sin embargo, sí empecé a manejar mejor esas emociones y a controlar mis acciones hacia los demás. Y con el paso del tiempo, eso se volvió parte de mi naturaleza.
En aquel entonces, donde algunos solo veían a un niño de mal genio, mi instructor de Karate vio a un niño con fuego en las entrañas, y supo darle un mejor uso a esa energía. Hoy, como instructor y padre, yo también veo el enorme potencial de nuestros jóvenes, más allá de la superficie. Así como debió verse el bloque de mármol en bruto en la mente de Miguel Ángel antes del primer golpe de cincel, cuando un alumno nuevo cruza nuestras puertas, yo ya imagino una maravillosa obra maestra de persona; y años después, muchas veces tengo la alegría de verla hecha realidad.
Mis hermanos todavía se burlan de mis días de “fosforito”. Para mí, sin embargo, es un recordatorio de cómo (con un poco de ayuda) podemos desafiar los estereotipos negativos y superar nuestros defectos naturales.
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Sensei Willy Strohmeier fundó Colorado Karate Club en 2005 y desde entonces enseña karate Shotokan tradicional a niños y adultos en Brighton y Westminster, Colorado. Escribe una columna mensual para The Brighton Buzz.
