Debo haber tenido unos diez años. Llevaba unos cuantos años haciendo Karate y había llegado a cinturón verde. Para entonces, sin embargo, el brillo del entrenamiento se estaba apagando. O sea, hay mucha repetición, mucha práctica. Pensaba que me aburría hacer lo mismo una y otra vez, y simplemente ya no quería hacerlo.
Mi dojo quedaba a un par de cuadras de mi casa, así que después del colegio mis dos hermanos mayores y yo nos alistábamos y nos íbamos a entrenar. Mi hermano mayor siempre estaba motivado para ir a entrenar; mi segundo hermano se parecía más a mí, así que un día él y yo decidimos quedarnos en casa viendo Los Picapiedra en vez de ir a clase. Digamos que cuando mi papá llegó a casa y nos encontró viendo televisión, no le hizo ninguna gracia y nos aplicó a ambos la medicina del pie en el trasero. Verá, mi padre era muy cariñoso, pero también muy estricto. Cuando nos inscribió en Karate, nos dijo que como mínimo llegaríamos a cinturón negro. Dejarlo estaba fuera de discusión.
Así que allá iba yo al dojo cada vez, refunfuñando y pateando piedras. Pero después de un tiempo me volvió a agarrar el gusto y ya no hacía falta que me arrastraran. Ahora me doy cuenta de que los niños, como yo a esa edad, son volubles y su humor puede cambiar por cualquier capricho. Lamentablemente, a diferencia de mi papá, muchos padres les dan gusto a los caprichos de sus hijos. Dicen: “No quiero obligarlo a hacer algo que no quiere”. Ahora el niño es el que maneja.
En la era del entretenimiento 24/7, hay cosas brillantes por todos lados para distraerlos: 300 canales de televisión en HD, videojuegos realistas multijugador (nada que ver con el Atari o el Pong), tablets, celulares, computadoras, lentes de realidad virtual, redes sociales, en fin, lo que se le ocurra. Y aun así, cuando les pregunta qué les pasa, dicen: *“Estoy aburrido”.*
Cuando crecimos, mis hermanos y yo sobresalimos en el Karate, integramos la selección nacional del Perú y viajamos por el mundo a muchas competencias internacionales. Me mudé a los Estados Unidos cuando tenía apenas 19 años, y más adelante también llegué a formar parte de la selección nacional de Karate de los Estados Unidos. Mis dos hermanos recibieron los “Laureles Deportivos” (el máximo honor para un deportista peruano) de manos del entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori (que después terminó en la cárcel, pero esa es otra historia).
Aunque obtuve una maestría en Ciencias de la Computación y tuve una carrera rentable y gratificante en el campo de la tecnología, más tarde decidí dejar mi trabajo para seguir mi pasión de enseñar Karate a tiempo completo. Hoy no podría estar más feliz con esa decisión. Para mí, el Karate es simplemente parte de mi vida, es parte de mi identidad. Y pensar que nada de esto habría sido posible si no hubiera sido porque mi padre puso el pie firme (o en alto, podría decirse) y me impuso la ley.
A menudo me pregunto cuántos logros nunca se alcanzan, cuántos descubrimientos quedan en la oscuridad, cuánto potencial nunca se realiza simplemente porque dejamos las cosas a medio hacer. De niño me faltaba disciplina, pero mi padre estuvo ahí para suplir esa carencia. Me empujó hasta que ya no necesité que lo hiciera. Mi padre nos dejó demasiado pronto, a los 59 años, y lo extraño muchísimo. Me mostró un amor firme, pero verdadero, y por eso le estaré eternamente agradecido.
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Sensei Willy Strohmeier fundó Colorado Karate Club en 2005 y desde entonces enseña karate Shotokan tradicional a niños y adultos en Brighton y Westminster, Colorado. Escribe una columna mensual para The Brighton Buzz.
