De niño, yo no era el más atlético; más bien era medio gordito. Las amigas de mi mamá se me acercaban y me pellizcaban los cachetes gorditos diciendo lo lindo que era. Como ya de por sí era un niño gruñón, esa atención que no quería me fastidiaba todavía más.
Mis hermanos mayores eran más atléticos que yo; integraban el equipo de fútbol del colegio, el de atletismo y otros. Yo, en cambio, tuve el honor de ser capitán del equipo de ajedrez tres años seguidos. Aunque sí intenté entrar a los otros equipos deportivos, nunca pasé la selección final.
En el Karate, sin embargo, encontré algo que podía hacer sin tener que “quedar en el equipo”. Me desarrollé a mi propio ritmo y progresé de acuerdo con mi propio esfuerzo y capacidad. Con el tiempo llegué a sobresalir en el Karate, tal como lo habían hecho antes mis hermanos mayores. Pero, sobre todo, lo disfrutaba y me crecía haciéndolo... Muchos años después, todavía lo hago.
Para mí, que me fuera bien en el Karate era como el vuelo de un abejorro. La gente se pregunta cómo puede volar un abejorro con unas alas tan pequeñitas y un cuerpo tan grande. De manera parecida, uno se preguntaría: ¿cómo puede alguien sobresalir en el Karate si no tiene dotes físicas?
El problema, creo yo, es que partimos de suposiciones equivocadas sobre las abejas y sobre las personas. Para un abejorro sería imposible volar como lo hace un pájaro. En cambio, este insecto de forma tan rara tiene que batir las alas más de doscientas veces por segundo para elevarse. El mismo objetivo, un enfoque diferente.
Como practicante de Karate, yo no podía depender de mi habilidad natural para progresar en mi entrenamiento. En cambio, el Karate me exigía otras cosas primero: disciplina, concentración, perseverancia y determinación. Con eso como base, todo lo demás llegó después, a su debido tiempo.
Lo veo en mis propios alumnos, pero también lo veo en la vida diaria. Esas personas que tienen la fortaleza mental para trabajar más que su competencia y seguir enfocadas cuando las cosas se ponen difíciles. Esas son las personas que triunfan, incluso contra todo pronóstico. La gente se pregunta cómo llegaron ahí, y la respuesta es que, como el abejorro, batieron las alas con furia mientras muchos otros intentaban llegar a sus metas planeando.
A mis alumnos les digo: sean más como el abejorro, trabajen duro, sean constantes y encuentren la manera de alcanzar sus sueños, aunque eso requiera un enfoque totalmente diferente. No solo tendrán más probabilidades de triunfar, sino que en el camino se convertirán en personas mucho más fuertes. Y eso es lo que le deseo a usted también.
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Sensei Willy Strohmeier fundó Colorado Karate Club en 2005 y desde entonces enseña karate Shotokan tradicional a niños y adultos en Brighton y Westminster, Colorado. Escribe una columna mensual para The Brighton Buzz.
