Era una mañana fresca de sábado en marzo de 1989, y la vida en Lima, la capital del Perú, era difícil. La economía estaba hecha pedazos, con escasez de comida, agua y combustible. La delincuencia estaba desatada por todas partes, sobre todo los robos a casas. En nuestro barrio había un joven, probablemente de unos veintitantos años, que simplemente andaba por ahí sin mucho que hacer. Naturalmente, mi mamá desconfiaba de un personaje así y lo llamaba “El Vago”. Nos advertía sobre “el vago”: “ese anda en malos pasos”, nos decía. Así que así lo conocíamos, y de hecho lo vigilábamos.
Ese día, mi mamá, mis dos hermanos y yo estábamos en casa mientras mi papá estaba en el trabajo. Uno de mis hermanos notó desde el patio de atrás una humareda que salía de una ventana del segundo piso. Todos subimos corriendo y encontramos llamas saliendo de un clóset, y en un abrir y cerrar de ojos todo el segundo piso quedó envuelto en un humo negro y espeso. Llamamos a los bomberos, y mi mamá salió corriendo por la puerta pidiendo auxilio.
Un montón de vecinos entraron corriendo y armaron una brigada improvisada para apagar el fuego. También entró corriendo “el vago”, pero se detuvo en la puerta, le puso la mano en el hombro a mi mamá y le dijo: “Señora, no se preocupe, yo le voy a salvar su casa”. Entró con el resto de los voluntarios, se amarró su camiseta mojada alrededor de la cara y subió por la escalera apoyada afuera de la ventana del segundo piso, balde en mano.
Sin presión de agua, fue balde tras balde, de mano en mano, escalera arriba, y vaciados a ciegas dentro del humo por la ventana del dormitorio. Después de unas tres horas de baldes de agua, las llamas cedieron, el humo se fue disipando poco a poco, y la gente se fue sin aspavientos, pero con nuestro más profundo agradecimiento.
Por suerte nuestra casa era de ladrillo y concreto, así que la estructura aguantó, aunque todo lo del segundo piso fue pérdida total. Fue un día trágico: uno de nuestros perros murió por inhalar humo y no teníamos seguro, así que nuestras pérdidas económicas fueron considerables. Pero lo que más recuerdo es a este joven, a quien realmente no conocíamos, y del que nos habíamos burlado por tanto tiempo, entrando a ayudarnos en nuestro momento de necesidad.
Pienso en este suceso muy a menudo, y lo que me queda no es la pérdida, sino la lección. Darme cuenta de a cuántas personas podemos descartar de un plumazo, ya sea por nuestros propios prejuicios o por algún defecto aparente de su personalidad; y luego llegar a entender que la mayoría de la gente solo necesita el mentor adecuado, una oportunidad y confianza en sí misma para brillar.
Gracias a esta experiencia, y a muchos años como instructor de Artes Marciales, he aprendido a mirar más allá de la superficie, para ayudar a desarrollar el potencial de un alumno, a veces escondido. De hecho, la tarea más difícil puede ser lograr que ellos vean el mismo potencial que yo encuentro en ellos. Mi trabajo, me imagino, es simplemente permitirles florecer, permitirles creer en sí mismos, como yo creo en ellos. Ser quien los ve más allá de sus propias expectativas.
Así que le pido lo mismo a usted: ¿hay alguien a quien podría guiar, alguien que solo necesita que usted crea en él? ¿Darle una oportunidad? ¿Puede mirar más allá de lo obvio? Anímese, arriésguese. La mayoría de las veces, se sorprenderá con lo que encuentre. Espero de verdad que, a diferencia de mí, no haga falta un incendio para que le demuestren que estaba equivocado.
Ah, y por si se lo preguntaba, el camión de bomberos sí llegó... (en hora peruana) tres horas y media tarde.
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Sensei Willy Strohmeier fundó Colorado Karate Club en 2005 y desde entonces enseña karate Shotokan tradicional a niños y adultos en Brighton y Westminster, Colorado. Escribe una columna mensual para The Brighton Buzz.
